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Una película que lo cambió todo.


Con su desaparición de Romero no solamente nos quedamos sin un gran contador de historias y una personalidad única dentro del cine de terror, alguien amable, divertido y cercano que siempre tenía tiempo para un autógrafo sobre el que escribir su grito de guerra: STAY SCARED! También, con su muerte, desaparece el creador de La Noche de los Muertos Vivos, una de esas raras películas capaces de hacer un hendidura en la historia del cine y cambiarla para siempre.

A finales de los años sesenta, cuando la contracultura norteamericana estaba en plena efervescencia, un grupo de amigos de Pittsburgh fundó su propia productora, destinada a rodar documentales y anuncios para la televisión local. Aburridos de las posibilidades que el trabajo les ofrecía y buscando gloria y dinero, los chicos decidieron armarse de valor y rodar una película por sus propios medios.

Todavía no lo sabían, pero estaban emprendiendo un camino que miles de adolescentes repetirían a lo largo de la historia del cine, pero que en aquel momento no parecía el mejor: Olvidarse del sistema de estudios y de la imposible entrada en Hollywood para crear su propia película independiente.

Aportando dinero propio y buscando financiación en otros amigos y en conocidos, el grupo de adolescentes, entre los que figuraban George A. Romero, John Russoy Russell Streiner, decidió poner en pie una idea que pasó por varios títulos (Monster’s Flick, Night of the Anubis, Night of the Flesh Eaters…) pero que con las versiones de guión fue robando cada vez más ideas de la novela de Richard Matheson que creó el mito moderno del vampiro, Soy Leyenda. Poco importaba… eran otros tiempos y ellos, un grupo de pendejos.

Romero y sus amigos rodaron la película como pudieron: En blanco y negro, cámara al hombro y aprovechándose ellos mismos como actores. No eran las mejores condiciones, claro, pero todas juntas le dieron a la cinta en una especie de estilo documental que tenía más que ver con John Cassavetes y las cosas que le estaban pasando al cine, que con las propuestas tradicionales de las películas de terror.

Ya fuera por azar o por la inteligencia de sus creadores (si es que esta distinción sirve para algo), la película adquiría una estética realista cuya crudeza provocaba un nudo en la garganta de los espectadores. Y algo similar sucedía con el guion, ya que bien por intuición, bien por unas precoces habilidades como narradores, Romero y Russo dieron con un resorte -descubrir que hay un segundo nivel en la casa, con más supervivientes- que todavía hoy evita que la película caiga en el agotamiento de la localización en el que suelen meterme muchas películas de terror que transcurren en un único espacio.

El estreno de la película se produjo en un pequeño cine de Pittsburgh, la ciudad en que vivían los amigos y desde dónde habían planificado el rodaje. El primer paso del éxito mundial se dio esos días de temprana exhibición de 1968, ya que los adolescentes que iban a ver “una de miedo” salían aterrados por la brutalidad de lo que habían visto, corriéndose pronto la voz ante el espectáculo de casquería e imágenes de mal gusto que la película contenía.

El resto de la polémica la puso la presencia de un protagonista afroamericano, el imponente Duane Jones que terminaba muerto de un disparo en un sorprendente final. El que un actor de color muriera de esa forma, asesinado por un hombre blanco tras luchar contra la invasión de no muertos, de nuevo pudo deberse al azar (aunque tampoco era muy habitual darle un papel así a un afroamericano, con lo que algo de intención había, al menos de normalizar un problema racial), pero en ello mucha gente encontró un alegato contra el racismo y un eco del asesinato de Martin Luther King, Jr. 

Esto terminó de configurar la película como una cinta política cuyo mensaje sigue vigente hoy, ya que no es difícil reconocer en su final a la Norteamérica marginal del Make America Great Again y de la fascinación por las guerrillas de autoprotección que sueñan con vivir dentro de Red Dawn.

Pero como La Noche de los Muertos Vivos no dejaba de ser un experimento impulsado por la ilusión de hacer una película, a los amigos de Pittsburgh les faltaba “algo” de asesoramiento legal, con lo que cometieron un error que les dejó con pocos beneficios… Cuando llegó el momento de cambiar el título al definitivo de La Noche de los Muertos Vivos, el equipo quitó la indicación de Copyright que figuraba bajo el antiguo rótulo de Night of the Flesh Eaters, y el distribuidor tampoco lo colocó al final de la película.

Este acto tan inocente, convertía la película, de cara a la legalidad de la época, en una cinta de dominio público, carente de Copyright, que cualquiera podía proyectar y obtener beneficios. De modo que, ¿qué hay mejor que una película para adolescentes llena de polémica? Una sola cosa… ¡Una película para adolescentes llena de polémica que ni hay que pagar por proyectarla ni hace falta darle beneficio a sus autores!

El problema se convirtió en un quebradero de cabeza para los amigos, que crecieron metidos en batallas legales que llegan hasta nuestros días, pero también es verdad que contribuyó a un éxito que hizo de George A. Romero una figura emergente del cine mundial, alguien que de primeras, con There’s Always Vanilla, intentó apartarse del género -lo cual no tiene nada de malo, puesto que la historia no la escribe (solamente) ese estereotipo estomagante de niños que leen Fangoria bajo las sábanas- pero que terminó convertido en un icono del cine de terror con mensaje político. Mucho de esto último podría verse en algunas de las brutales e ideologizadas secuelas que rodaría de su opera prima, como Zombi: El Regreso de los Muertos Vivos (en la que repartía con la mano abierta a la sociedad de consumo) o en La Tierra de los Muertos Vivos (donde aseguraba que el personaje de Dennis Hooper estaba inspirado en Donald Rumsfeld, el secretario de defensa de George W. Bush).

Tras casi 50 años desde su estreno en aquel cine de Pittsburgh, La Noche de los Muertos Vivos y George A. Romero no solamente pusieron la primera piedra para la llegada de los cineastas modernos del terror americano -los irreverentes y greñudos como John Carpenter o Wes Craven– y cambiaron para siempre el cine, también crearon un lucrativo subgénero, el de las películas de zombies, que ha ido desde la explotación italiana de Nightmare City o los títulos de Lucio Fulci a The Walking Dead, y que en su recorrido transversal por la historia, ha atravesado películas tan diferentes entre sí como 28 Días Después, Zombieland, Guerra Mundial Z o El Regreso de los Muertos Vivos dando, además, beneficios (eso que, recordemos, no le dieron a sus creadores originales) a negocios tan alejados de la mentalidad de 1968 como han sido las convenciones,  las figuras de acción o los videojuegos.

Con su película, el ahora fallecido George A. Romero y su grupo de amigos crearon, además de una obra maestra, todo un género cinematográfico.

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D Van Costis
Debes hacer un viaje turístico a conocer la casa del Fundador de la Escuela.